-GordoFobia-

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La gordofobia no es un problema ajeno. No es algo que le pasa solo a quienes tienen un cuerpo grande. La gordofobia está presente en la forma en la que aprendimos a ver nuestros cuerpos —y los de los demás— desde muy pequeñxs.

Es una forma de discriminación que pasa muchas veces desapercibida, naturalizada en nuestro lenguaje, en los medios, en los entornos médicos e incluso en los vínculos más íntimos. Se manifiesta como rechazo, burla, juicio o patologización del cuerpo gordo, y deja una huella profunda en la identidad, la autoestima y la salud mental de las personas.

Como psicóloga especializada en Trastornos de la Alimentación, constantemente escucho historias de personas que han internalizado esta violencia cotidiana. Lo que empieza como un comentario aparentemente “inofensivo” sobre el cuerpo, puede convertirse en años de sufrimiento, control alimentario extremo, desconexión con el cuerpo, ansiedad social e incluso aislamiento. El cuerpo se convierte en un campo de batalla, y la alimentación, en una fuente de angustia. En nuestra cultura, estar delgado se ha convertido en sinónimo de éxito, autocontrol y valor personal.

Esta creencia sobre como debe lucir el cuerpo -sobre todo el femenino- no solo es falsa, sino profundamente dañina. Las normas y las exigencias sociales pueden desconectarnos de quienes realmente somos. Y eso es precisamente lo que intento recuperar en el trabajo terapéutico: el contacto con lo auténtico, con lo que somos más allá del juicio externo. Delgadxas o gordxs seguimos teniendo las mismos valores, creencias, carreras universitarias, emociones, dificultades, éxitos, sexualidad y vínculos.

Desde la Gestalt trabajamos con lo que está vivo en el presente. Y lo que está vivo en muchas personas es una desconexión con su cuerpo, una vergüenza que no les pertenece y una lucha silenciosa contra un ideal inalcanzable. Acompañar a alguien en el camino de reconciliarse con su cuerpo es un acto profundamente humano y político.

La gordofobia no se combate con más dietas ni con discursos vacíos de amor propio. Se combate visibilizando la violencia estructural, nombrando el dolor, cuestionando los ideales estéticos impuestos y creando espacios seguros donde los cuerpos puedan simplemente SER.

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