Permanecer en pareja -cultura del consumo-

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Vivimos en una época de inmediatez, de imágenes perfectas, expectativas elevadas —una cultura que nos dice que cuando algo no funciona exactamente como queremos, podemos “cambiarlo”, “actualizarlo” o “tirarlo”. En ese contexto, la pareja —con sus altibajos, sus silencios, sus heridas y sus días de rutina— muchas veces choca con ese ideal consumista de la perfección instantánea.

¿Cómo es mantenerse en pareja cuando lo que se promueve es lo nuevo, lo atractivo, lo inexplorado? ¿Dónde queda la paciencia, el cansancio, lo imperfecto, el explorarse en el aburrimiento?

Todo se mueve, se transforma, se reemplaza. Si algo se rompe, no se repara: se cambia por otro. Y eso, sin darnos cuenta, ha comenzado a instalarse también en cómo nos vinculamos. Nos han enseñado a pensar que lo que no nos hace sentir bien de inmediato no merece ser sostenido. Que si una relación incomoda, deja de fluir o no se siente “perfecta”, lo mejor es soltarla. Que siempre hay algo mejor esperándonos a la vuelta de la esquina. Esa lógica del consumo se ha infiltrado en nuestros afectos, y muchas veces nos deja desorientadxs frente a la complejidad de estar en pareja.

No es que amar antes fuera más fácil. Pero quizás sí había otra disposición emocional: una mayor tolerancia al tiempo, a la espera, a la transformación. Hoy, en cambio, el ideal de inmediatez nos juega en contra. Queremos que todo funcione sin esfuerzo. Que el amor sea siempre emoción, deseo, chispa. Pero toda relación real implica momentos de desgaste, de rutina, de silencio, incluso de crisis. Y si creemos que amar es sólo sentir mariposas, cuando esas sensaciones cambian, creemos que el amor se acabó.

A eso se suma el ideal de la perfección. Las redes sociales, las películas, incluso la autoayuda mal entendida, nos muestran vínculos ideales: parejas que se entienden sin hablar, que viajan por el mundo, que nunca discuten. Nadie habla de los días grises, de las heridas abiertas, de los conflictos que se repiten, de las neurosis compartidas. Y entonces, cuando eso aparece lo vivimos como un fracaso. Como una señal de que algo está roto, de que ya no sirve. Como si nuestras emociones también fueran productos con fecha de vencimiento.

Lo más difícil, quizás, es que esa idea de lo “desechable” se vuelve una forma de protección. Nos cuesta comprometernos porque nos da miedo perder. Nos cuesta entregarnos porque hemos aprendido que todo puede cambiar de un momento a otro. Entonces jugamos a estar, pero con un pie afuera. Con la puerta entreabierta. Por si acaso. Como si no implicarnos del todo nos salvara de sufrir. Pero en realidad, lo único que logramos así es alejarnos de la posibilidad de construir algo auténtico.

Amar no es solo sentir. Amar es decidir. Es elegir quedarse incluso cuando hay dudas. Es aprender a hablar cuando algo duele. Es mirar al otro con los ojos del presente, no del ideal. Y es también asumir que no siempre sabremos cómo hacerlo, pero que estamos dispuestos a intentarlo. A reparar cuando algo se rompe. A reaprender cuando algo se vuelve difícil.

Mantenerse en pareja hoy requiere una cierta rebeldía. Una decisión consciente de ir a contracorriente. De apostar por lo imperfecto. De valorar lo profundo por encima de lo inmediato. Y, sobre todo, de aceptar que lo valioso no siempre es fácil. Que a veces amar también implica incomodarse, atravesar momentos de distancia, sostener el vínculo incluso cuando no sabemos bien cómo. Pero en esa elección hay belleza. En el esfuerzo compartido, en el perdón sincero, en el abrazo que llega después de una discusión, en la ternura que se vuelve refugio. Porque cuando aprendemos a quedarnos, no por miedo ni por costumbre, sino por amor real, algo dentro de nosotros también cambia. Aprendemos a mirar más allá de lo que falta, y a valorar lo que sí está. Lo que se construye, lo que se cuida, lo que se transforma.

Permanecer no significa conformarse. Permanecer es una forma de compromiso con lo verdadero. Con el/la otrx, y con unx mismx. Es decir: “aquí estoy”, incluso cuando no es fácil. Incluso cuando dudo. Incluso cuando no tengo todas las respuestas.

Quedarse, en un mundo que nos empuja todo el tiempo a escapar, también es una forma de libertad.

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